Ucrania: si no puede ser mía, no será de nadie más


Tomás F. Ruiz

Hay mucha gente convencida de que la guerra es un estado natural del hombre y que ésta es un factor tan intrínsecamente ligado a la especie humana que resulta imposible de evitar. Para fundamentar su posición ideológica, este tipo de personas disponen de una larga y maquiavélica argumentación al uso que hunde sus raíces en el amanecer de la Humanidad. En su peregrina visión de la historia, estos defensores de la guerra como estado natural del hombre disponen de argumentaciones de todo tipo, con las que intentan convencer al auditorio de que matarnos entre nosotros mismos forma parte de las relaciones cotidianas que practicamos desde millones de años atrás.

Guerra y paz

Si nos remontamos a la época de la aparición de nuestra especie de homo sapiens, esto es a aproximadamente medio millón de años atrás, la antropología intenta convencernos de que nuestra especie se impuso sobre todas las demás guerreando y que gracias a la tecnología bélica que el homo sapiens desarrolló pudo expulsar de sus territorios ancestrales a sus contrincantes; e incluso fue capaz de exterminar totalmente a sus hermanos en la evolución de la especie, esto es al asombroso, resistente y longevo hombre de Neandertal. Con esta tergiversada argumentación, los defensores de la guerra intentan convencernos de que la violencia es intrínseca en el hombre y que luchar contra sus congéneres es un instinto vital.

Antes de que apareciera Roma, hubo largos periodos de paz y concordia entre todas las civilizaciones que poblaban el Mare Nostrum. El comercio justo y el intercambio igualitario de productos de todo tipo fomentó las relaciones comerciales entre los pueblos de una y otra orilla del mar Mediterráneo y consolidó uno de los periodos más asombrosos y prolíficos de la historia de la Humanidad. Sin embargo, pocos miran hacia esa época de progreso y prosperidad de que disfrutó el mundo milenios antes de nuestra era, como provechoso modelo a seguir

 

Homo hominis lupus

Los seguidores de Thomas Hobbes, en el siglo XVII, opinaban que el hombre es un lobo para el hombre (homo homini lupus) de forma que justificaban sobradamente los enfrentamientos bélicos y aceptaban las guerras como una condición humana imposible de evitar. Hoy en día, esos beligerantes individuos que viven de las guerras, se atrincheran en torno a codiciosas industrias armamentísticas, alegando todo tipo de descabellados argumentos para justificar su degenerado negocio de mortífero exterminio y rentable mortalidad.

Además, esta degenerada forma de pensar no reconoce ideologías, de forma que gobiernos que se consideran progresistas y de izquierdas, participan sin pudor en esta aberrante industria armamentista. Nuestro presidente Pedro Sánchez, con sus socios de Unidas Podemos, sin ir más lejos, en lo que va de año y arañando la precaria economía en que nos movemos, ya han destinado a Defensa la asombrosa cifra de 10.500 millones de euros… ¿Quién da más?

 

Alimentar el odio

Toda esta degenerada filosofía en torno a la guerra como practica habitual entre la especie humana, creada para alimentar el odio y el enfrentamiento, se fundamenta en la premisa de que el ser humano viene provocando guerras desde muchos milenios atrás, prácticamente desde que en el mundo aparece lo que hoy llamamos civilización.

Una de las civilizaciones más antiguas que se conoce, la del Egipto faraónico, disponía ya de destructivos ejércitos para guerrear contra sus vecinos, capturarlos como esclavos y utilizarlos como mano de obra gratuita para construir las pirámides. Les siguieron los persas, los etruscos, los romanos… todos con sus ejércitos siempre preparados para invadir, arrasar y exterminar a civilizaciones que pudieran ser una amenaza potencial. Con el final de la Prehistoria y el comienzo de la Edad Antigua las guerras no sólo no desaparecieron, sino que se convirtieron en una forma de vida habitual. Godos, vikingos, germanos y demás pueblos bárbaros que derrotaron al imperio romano, tuvieron que reforzar y modernizar sus ejércitos en los albores de la Edad Media para acabar con la codiciosa civilización romana que los venía exterminando desde siglos atrás.

Los cristianos no fueron menos, ya que apenas se los oficializó y comenzaron a participar de la vida política, se olvidaron sin ningún remordimiento del mensaje de no violencia que les había legado su maestro: poner la otra mejilla cuando alguien los abofeteara (como también renegaron de su rechazo a la esclavitud). Los pacíficos paleocristianos, aquellos que se dejaban torturar y morían estoicamente de las formas más terribles que se puede imaginar, se convertirían unos siglos más tarde en soldados “cruzados” que peregrinaban a Jerusalén para pelear contra el infiel. En estas cruzadas, los guerreros cristianos mataban, saqueaban y violaban con absoluta impunidad. Al tratarse de víctimas “infieles”, parece ser que, en su religión cristiana, todos estos sanguinarios comportamientos no podían considerarse pecado mortal.

La crisis actual

La edad contemporánea, en efecto, puede considerarse como un interminable rosario de guerras y conflictos bélicos de todo tipo en los que el más fuerte extermina al más débil sin ningún recato ni ninguna piedad. Ni siquiera el descomunal número de víctimas producido por las dos guerras mundiales -cerca de setenta millones de seres humanos- ha hecho al hombre desistir de su ego combativo: “si volem pax, para belum”.

Las causas que llevan al ser humano a pelearse con sus congéneres pueden ser de muy diversa índole: invasiones territoriales, disputas sucesorias, control de recursos, religión, codicia… Al final de la segunda guerra mundial se creó la ONU para servir de árbitro en los conflictos bélicos que surgieran entre los países de todo el mundo; pero en vez de eso, este organismo internacional se prostituyó al poco de su fundación y ha acabado convirtiéndose en un tentáculo más con el que los paises poderosos imponen su voluntad a los paises más débiles.

Y así llegamos al momento actual, según los politólogos antesala de la tercera guerra mundial. Estamos asistiendo a una conflagración internacional en la que los paises beligerantes no tienen reparo en amenazar con utilizar su armamento nuclear. Todos sabemos que eso significaría el apocalíptico final del planeta, pero haciendo gala de un incomprensible desprecio hacia la supervivencia de la especie humana, la OTAN y sus aliados están sembrando las fronteras rusas con armas nucleares y se muestran dispuestos a utilizarlas si Rusia no se deja chantajear. Consecuentemente, pues en una guerra no hay otra opción, Rusia prepara también sus baterías atómicas para responder a un ataque nuclear. En esta desquiciada carrera hacia el holocausto, ni Norteamérica ni ninguno de sus aliados está dispuesto a renunciar a sus privilegios ni a su supremacía internacional. Se han convertido en dementes visionarios de un perverso proyecto de aniquilación integral.

La situación resulta tan paradójica como espeluznante, con cada día más mandatarios europeos que apuestan por prolongar la conflagración hasta devastar el país, convirtiendo la guerra de Ucrania en un negocio tan rentable como letal. Esta depravada situación bélica recuerda mucho la frase que los criminales de género suelen pronunciar antes de matar a sus indefensas víctimas: “si no puedes ser mía, no serás de nadie más”.